Transformaciones urbanas del siglo XIX

Después de la Independencia, y a causa del incremento del comercio con Francia e Inglaterra, Chile conoció un desarrollo importante de sus ciudades marítimas. Paralelamente, la aparición de la red ferroviaria en la segunda mitad del siglo XIX también fue significativa para el desarrollo urbano del país. La estación de trenes de Santiago se construyó en 1856; en 1862, esta ciudad y Valparaíso quedaban comunicadas por el tren, y en 1875 se unían por este medio Santiago y Concepción. La mejora de las comunicaciones permitió el rápido crecimiento demográfico de la capital, que a lo largo del siglo pasó de 30.000 a 280.000 habitantes, con lo que esto supone de expansión urbanística. Ya en 1900 se inauguraron en Santiago los tranvías, que mejoraron notablemente la comunicación de la ciudad con las poblaciones periféricas.

La nueva imagen de la ciudad

La implantación de “gusto parisino” en Chile de mediados del siglo XIX, debida sobre todo al papel que ejerció la Escuela de Arquitectura fundada por Claude-Francois Brunet de Baines (1849), incidió notablemente en la imagen de la ciudad chilena, que hasta estos años había mantenido intacta su estructura colonial.

Una de las figuras más representativas de este período es Benjamín Vicuña Mackenna, que defendió incluso la demolición de diversos edificios coloniales para levantar en su lugar edificios afrancesados. Fue nombrado intendente de la capital en 1872; bajo su mandato, Santiago verá mutar su imagen tradicional a través de obras tan importantes como la canalización del río Mapocho, el ensanchamiento de calles estrechas, la planificación de jardines y de numerosas plazas, entre otras transformaciones urbanas que modificaron claramente el perfil característico de la capital hasta ese momento.

Los cambios producidos en este período fueron, desde el punto de vista urbanístico, traumáticos. En coherencia con los planteamientos políticos liberales, se destruyeron numerosos claustros conventuales (la Merced, Santa Clara, Agustinas, Santo Domingo, San Francisco, San Miguel, etc.) para abrir nuevas calles, lo que conllevó la transformación de buena parte del ordenamiento urbano colonial. Pero no solo se derribaron propiedades eclesiásticas; también desaparecieron construcciones coloniales civiles, como el Palacio de los Gobernadores, e incluso antiguas obras de ingeniería, como el puente sobre el Mapocho. Y mientras los edificios coloniales se derribaban, surgieron en la capital chilena otros elementos urbanos característicos de la ciudad moderna, que contribuyeron a alterar notablemente la fisonomía del antiguo Santiago: aparecieron nuevas zonas verdes a la vez que se producía la forestación de las antiguas, se instaló el ferrocarril urbano, se construyeron nuevos barrios, fruto de la especulación inmobiliaria (Santa Rosa y Ejército Libertador), se levantaron nuevos edificios públicos, y se dotó de infraestructuras básicas, como y agua, a zonas que hasta entonces carecías de ellas.

De todas las intervenciones urbanas de este período, tal vez la más significativa es la aparición de los parques públicos. Hacia 1870 surgieron las grandes zonas verdes que a partir de ese momento van a convertirse en un elemento esencial de la ciudad. El más importante de los parques es el cerro Santa Lucía, la obra más famosa que emprendió el intendente Vicuña Mackenna. Esta colina agreste (que desde la fundación de Santiago en el siglo XVI había presidido la ciudad) fue reorganizada a partir de 1872 y convertida en parque por medio de paseos, jardines, plazas, estatuas y fuentes, que en su conjunto constituyen un claro ejemplo de planificación urbana según los modelos europeos coetáneos. Otro gran parque habilitado en esos años, es el Parque Cousiño (hoy Parque O’Higgins), ubicado en los antiguos terrenos del Campo de Marte. La ejecución correspondió a Luis Cousiño, que también financió la obra, y al paisajista Renart. En tres años, desde 1870 a 1873, concluyeron los trabajos y el gran parque fue poblado de quioscos, cascadas, colinas artificiales y lagos. El último de los grandes parques de esa época es el llamado Parque Forestal, realizado ya tardíamente entre los años 1899 y 1903. Tres grandes avenidas bordeadas de plátanos orientales y un gran lago son sus elementos más característicos.

Según algunos autores, los grandes trabajos urbanísticos desarrollados en Santiago durante la segunda mitad del siglo XIX revelan una estrategia urbanística de superación del modelo colonial, no por la vía de la ampliación respetuosa, sino por la de la transformación radical. Esta política transformadora fue una realidad también en otras ciudades chilenas, como Valparaíso, si bien en este caso estuvo más justificada por los grandes terremotos que sufrió la ciudad durante el siglo XIX y principios del XX, especialmente el de 1906.

Los arquitectos en el último tercio del siglo XIX

La pléyade de arquitectos franceses dejó tras de sí una activa generación de arquitectos chilenos, volcados en diversas obras públicas. Entre ellos cabe mencionar Roberto Brown, autor de la galería San Carlos (1870), inspirada en las galerías que se construían en las ciudades italianas, como Milán y Nápoles, en esa misma época. Este edificio fue destruido en 1930. Brown diseñó también el Correo Central, concluido en 1882, aprovechando algunos muros del antiguo Palacio de los Gobernadores coloniales, y luego Palacio de los Presidentes de Chile. La fachada de este singular edificio del Correo fue obra de Juan Eduardo Fehrman, formado en Alemania. Fehrman es también autor del Palacio Edwards (1888), cuya fachada combina hábilmente órdenes neoclásicos con elementos neorrenacentistas, y de diversos edificios relevantes de Valparaíso, como el Castillo de Lota, el Teatro de la Victoria y el templo de la Merced.

Manuel Aldunate, formado en París, diseñó diversas obras de gran relevancia urbanística en la capital, como el Parque Cousiño y el espectacular cerro Santa Lucía, en pleno centro de la ciudad de Santiago. Además, Aldunate realizó los planos del Mercado Central, diseñado inicialmente como espacio para exposiciones de artistas nacionales, cuyas obras llevó a cabo Fermín Vivaceta. La estructura de hierro fundido de este edificio fue realizada en Inglaterra, con posterioridad embarcada y trasladada a Santiago, y finalmente montada en su emplazamiento definitivo entre 1868 y 1872. Otro centro comercial, el edificio Comercial Edwards, fue diseñado por Eugenio Joannon. En esta ocasión los planos fueron enviados a Francia, donde se forjó la estructura, que fue armada en Santiago entre los años 1892 y 1893. Ambas obras ejemplifican la arquitectura del hierro que se impuso en Europa y en América a finales del siglo XIX.

Vivaceta también fue el artífice de la restauración del convento de San Francisco de Santiago, al que incorporó una torre neoclásica en 1858, además de nuevas naves. Fue asimismo responsable de las torres y los frontis de San Agustín, y de las trazas urbanísticas de nuevos pueblos, entre ellos Playa Ancha y Delicias. Otro arquitecto nacional interesante es José Teodosio Gandarillas, que restauró la iglesia de la Compañía después de que ésta fuera consumida por las llamas en 1841. Lamentablemente, un nuevo incendio volvió a destruirla en 1868.

Los inicios del siglo XX

La prosperidad económica que disfrutó Chile durante la segunda mitad del siglo XIX fue la circunstancia decisiva que permitió que la arquitectura y el urbanismo se adelantaran a los de las demás naciones hispanoamericanas. Muchos de los edificios institucionales, de las obras públicas, de la arquitectura privada monumental que se iniciaron en toda América Latina en el siglo XX, ya habían sido realizados en Chile durante las últimas décadas del siglo anterior. Sin embargo, el desarrollo arquitectónico de Santiago y de otras ciudades chilenas no se vio frenado, y nuevos edificios significativos se sumaron a los ya construidos. Entre estas nuevas obras se pueden citar el Museo de Bellas Artes (1905), la Estación Mapocho (1913), la Bolsa de Comercio (1917), la Universidad Católica (1914) y el Palacio de los Tribunales (1907-1929). Este último edificio, sede de la Corte Suprema, construido por Emilio Doyère y su colaborador, el arquitecto Emilio Jécquier, revela, en pleno siglo XX, la pervivencia de fórmulas neoclásicas y de modelos franceses, que tanto éxito tuvieron durante el siglo precedente. Los restantes edificios mencionados fueron todos obras del propio Jécquier, el más prolífico de los arquitectos chilenos en el primer cuarto del siglo XX.

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