Toro de Caliboro

Era un toro muy grande que vivía en una cuenca en la provincia de Linares. Enorme y majestuoso, tenía un pelaje color rosado brillante, unos enormes ojos que despedían fuego cuando estaba furioso y, lo más singular, una cornamenta de oro puro y macizo.

La atracción que generaba en todos no solo era gracias a su llamativa figura, sino también porque el animal gobernaba a sus anchas en los bosques del sur. Grandes manadas de vacunos lo seguían, respondiendo a sus llamados; él, a cambio, concurría presuroso en defensa de sus súbditos, ante cualquier peligro. Cuando estaba furioso, bramaba de tal manera que se formaban nubes negras sobre los cerros y, cuando éstas cubrían el Caliboro, llovía torrencialmente. Por eso se dice en la zona que si el Caliboro se cubre de nubes espesas, es señal inequívoca de tormenta.

Lamentablemente, la codicia humana despertó el deseo de atrapar (por el oro) al magnífico toro y, de paso, hacerse de los muchos animales que le seguían. Como darle caza en las verdes extensiones sureñas era imposible, los hombres decidieron comenzar a talar árboles y, para avanzar más rápido, decidieron quemar bosques. Así fue como finalmente dejaron solamente el cerro Caliboro, donde se habían refugiado todos los animales y, desde luego, el toro.

Cuando los hombres creían tener al toro cercado, súbitamente se nubló y en un espacio pequeño el sol empezó a iluminar. Ante el asombro de todos, el toro subió por ahí a la gran nube, junto a los animales que pudieron hacerlo, comenzando a desplazarse hacia la cordillera de los Andes. Los animales que no pudieron subir se dispersaron; pronto fueron capturados dando inicio a una pujante industria del charqui, que permaneció hasta que los animales se extinguieron.

La gente dice que, cuando vuelvan los grandes bosques y los animales, el toro de Caliboro también regresará.

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