Primer Congreso Nacional

El Congreso inició sus sesiones el 4 de julio de 1811, y entre sus miembros se contó un personaje que tendría una profunda influencia en el curso posterior de la independencia: Bernardo O’Higgins Riquelme.

El acta de instalación del cuerpo representativo daba noticia acerca de los objetivos que tenía la institución y la ceremonia en sí. En primer lugar se explicaban los motivos de la creación de la Junta Gubernativa el 18 de septiembre del año anterior y se dejaba expresa constancia de que tanto la Junta como el Congreso velarían por la conservación del territorio para su legítimo soberano. En cuanto al ceremonial se exponía que durante los tres días anteriores se habían hecho rogativas públicas, y que el día 4 a las 10 de la mañana los miembros de la Junta, los diputados electos, el cabildo, los miembros del Tribunal de Justicia y los prelados y jefes de los cuerpos militares se habían reunido en el palacio de gobierno, desde donde partieron hacia la catedral, lugar en el que se realizó un Te Deum, cuya prédica estuvo a cargo de fray Camilo Henríquez. Luego se procedió a tomar juramento de los diputados para posteriormente continuar con la ceremonia religiosa.

Concluido el Te Deum, los miembros del Congreso salieron rumbo a su sede, mientras se disparaban salvas de artillería para solemnizar la ocasión. Allí, bajo la presidencia provisoria de Juan Antonio Ovalle, procedieron a elegir la mesa directiva, recayendo el cargo de presidente en el mismo Ovalle, y el de vicepresidente en Martín Calvo de Encalada. Al día siguiente los cuerpos militares reconocieron al Congreso como autoridad legítima y le juraron obediencia.

Este cuerpo representativo era una muestra de la realidad política que en ese entonces se vivía. Si bien existía un anhelo independentista, éste no concitaba todas las opiniones. Esto se manifestaba en la institución representativa, en la que primaba la idea de realizar algunas reformas. Los diputados más radicales, liderados por Martínez de Rozas (quien no formaba parte del Congreso), no lograban acelerar el proceso. Pero, al discutirse la integración de la Junta que tendría el poder ejecutivo (Autoridad Ejecutiva Provisoria), los radicales abandonaron la sala de sesiones. Algunos de ellos, e incluso su líder, partieron hacia los lugares que representaban para dar cuenta a sus electores de la forma en que la mayoría parlamentaria manejaba los negocios públicos. De este modo, dos influyentes y poderosas familias, los Larraín (conocidos como “Los Ochocientos”) y los Carrera, se unieron y planearon un golpe de Estado destinado a alterar la composición del Congreso.

Este movimiento militar fue encabezado por José Miguel Carrera Verdugo, quien había llegado de España a finales de julio de 1811. El 4 de septiembre, con el apoyo de las tropas, Carrera logró que se conformara una nueva Junta de Gobierno integrada por Juan Martínez de Rozas, que se hallaba en Concepción; Juan Enrique Rosales; Juan Mackenna; José Gaspar Marín, y Martín Calvo de Encalada, además de contar con la incorporación de nuevos parlamentarios al Congreso.

Al día siguiente, la nueva autoridad de gobierno expidió un manifiesto en el que explicaba los motivos de las alteraciones ocurridas, destacándose que desde la apertura del Congreso se habían manifestado ideas contrarias a la justicia y a la libertad, puesto que en sus sesiones se había afirmado la vinculación de Chile con España. Además, se criticaban algunas de sus resoluciones, como por ejemplo la falta de diligencia para indagar en las denuncias hechas respecto al Motín de Figueroa y la situación en que eran mantenidas las tropas.

Si bien los nuevos parlamentarios se abocaron de inmediato a reformas de tipo administrativo, tales como una nueva división territorial y la creación de un nuevo Tribunal de Justicia, el cambio más significativo fue la promulgación, bajo el impulso de Manuel de Salas, de la Ley de Libertad de Vientre, que aseguraba la libertad para los hijos de esclavos, así como para aquellos que estuvieran en tránsito por el territorio chileno durante más de seis meses, y la prohibición de internar nuevos esclavos al país.

Sin embargo, surgieron rivalidades entre las dos familias que compartían el poder. José Miguel Carrera anotó en su Diario una conversación que sostuvo con fray Joaquín Larraín, presidente del Congreso, la cual representa la dualidad que existía en el poder. Decía Carrera: “Me convidó fray Joaquín a un paseo en compañía de Rosales, Ramírez, Izquierdo y Pérez. En el camino, después de algunas botellas de ponche, dijo fray Joaquín: ‘Todas las presidencias las tenemos en casa, yo, presidente del Congreso; mi cuñado, del Ejecutivo; mi sobrino, de la Audiencia, ¿Qué más podemos desear?’ Me incomodó su orgullo y quise imprudentemente responderle, preguntándole quién tenía la presidencia de las bayonetas”.

El 15 de noviembre de 1811 Carrera lideró un segundo golpe de Estado que derivó en el establecimiento de una nueva Junta, integrada esta vez por José Gaspar Marín representando a Coquimbo; Juan Martínez de Rozas, por Concepción, y el propio Carrera, por Santiago. Los partidarios del Antiguo Régimen quedaron completamente excluidos de la actividad política, y Carrera asumió un papel protagónico en la conducción de la revolución, que al poco tiempo se vio magnificado con la disolución del Congreso, decretada en diciembre.

En el momento de la formación de esta nueva Junta, Martínez de Rozas se hallaba en Concepción, razón por la que fue reemplazado interinamente por Bernardo O’Higgins. En aquella ciudad, Martínez había organizado una Junta de Gobierno provincial, que mantenía cordiales relaciones con el Congreso. Al conocerse la noticia de la disolución del cuerpo representativo, cundió la alarma, pues se consideró que el movimiento de Carrera desprestigiaba la revolución, además de atropellar los derechos de los pueblos al establecerse un predominio militar. Carrera había previsto esta reacción y despachado a Bernardo O’Higgins para que se apersonase ante aquella Junta para explicar las motivaciones del nuevo gobierno. Sin embargo, y al mismo tiempo, ordenó preparativos militares. O’Higgins cumplió su misión e incluso llegó a firmar un acuerdo con las autoridades de Concepción, el cual posteriormente fue desautorizado por Carrera, quien liderando sus tropas partió hacia el Sur y se entrevistó con Martínez de Rozas en Talca sin llegar a un acuerdo. Los dos líderes regresaron a sus respectivos centros de poder, postergándose así la solución al conflicto.

La situación de las tropas en Concepción era precaria por cuanto el gobierno de Santiago no remitía caudales necesarios para su mantenimiento, y el descontento cundía entre oficiales y soldados. El 8 de julio de 1812 estalló un movimiento que disolvió la Junta provincial e instaló una Junta de Guerra, que ordenó el apresamiento de los máximos dirigentes que apoyaban a Martínez de Rozas. La caída de este último dejaba el campo libre a José Miguel Carrera. El abogado mendocino fue desterrado a su ciudad natal, donde murió al año siguiente.

Libre de opositores de importancia, Carrera lideró un período de total predominio político, en el cual impulsó decididamente el proceso revolucionario, aunque sin llegar a proclamar la independencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *