Museo de Farmacia César Leyton Caravagno

El número 50 de la calle Merced en Santiago, a pasos de la “famosa” Plaza Italia, es el inmueble donde está ubicado el Museo de Farmacia Profesor César Leyton Caravagno, que depende de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas de la Universidad de Chile. Es el sótano del Colegio de Químicofarmacéuticos y Bioquímicos de Chile.

Lo primero con lo que uno se encuentra es con un antiguo y gran farol (“Botica Inglesa”) colgando del techo sobre la escalera que conduce a la entrada del Museo, además de una placa con la frase de Charles Green Custom: “No se puede poseer integralmente una ciencia mientras no se conozca la historia de su desarrollo“, que es un postulado muy cierto.

Este pequeño museo está dividido en 4 salas separadas entre sí por arcos, y en su recorrido es posible ir descubriendo o recordando una infinidad de objetos relacionados con las ciencias farmacéuticas. Como por ejemplo unos pildoreros, que no son como hoy en día unos artículos para guardar píldoras sino unos que se utilizaban en la fabricación de éstas mediante la división de la masa hecha de “principios activos y excipientes” dándoles la típica forma esferoide. O aparatos para la fabricación de supositorios y otros para la dosificación de medicamentos en polvo a través de obleas (oblearios).

 

En el centro del hall hay una colección de más de una docena de morteros de diferentes tamaños, materiales e incluso sonidos. Estos eran utilizados para machacar distintas mezclas de semillas o drogas. No hay que olvidar que antes todos los medicamentos se preparaban, no era como hoy en para hacerse de los “remedios” recetados basta solamente con ir a la farmacia más cercana, pedirlos en el mesón y recibirlos en bonitas cajas o frasquitos. A propósito de esto, hay que mencionar que en el museo hay unos recetarios de principios de 1900, en lo que se puede comprobar y revisar las recetas que se anotaban en él. Un verdadero empape de nostalgia.

Siguiendo por las salas nos encontramos con balanzas y microscopios de diferentes épocas, tubos de ensayo y retortas (el símbolo de la química) de vidrio o cerámica. Mecheros a gas, hornos y estufas de diferentes tamaños, funciones y sistemas. La sala de las balanzas cuenta en su centro con una batidora y una mezcladora, utilizadas en los albores de la farmacéutica industrial en Chile. Según la información recibida, también hay “un gran número de dispositivos, aparatos e instrumentos que se han utilizado en tres campos en los cuales el químico farmacéutico chileno fue pionero: análisis general, análisis de alimentos y bebidas y análisis toxicológicos”.

En otra sala, más pequeña está la representación de una Oficina, que cuenta con 2 sillones que pertenecieron uno al profesor Federico Johow y otro a Carlos Ghigliotto, además de un mesón embaldosado que fue del profesor Francisco Servat. También aquí hay un estante con gran cantidad de libros antiguos. Dan muchas ganas de ponerse a ojear y leerlos. Esta sala tiene sus muros repletos de cuadros, dibujos y fotografías de los profesores fundadores.

También el museo cuenta con una biblioteca, a la que se accede por una escalera ubicada al costado izquierdo del ingreso principal. Es posible que quienes estén relacionados con estas ciencias o con la farmacia en sí se emocionen al entrar aquí. Hay verdaderos tesoros o joyas literarias relacionadas, escritos y apuntes de destacados profesores. También mantiene revistas enriquecidas con un tono amarillento en sus antiguas páginas, hay un sector con memorias de título, todo relacionado con el pasado de las ciencias químicas y farmacéuticas. La valiosa colección del francés “Journal de Pharmacie et Chemie” (publicado entre 1815 y 1939) se mantiene imponente junto a “La Farmacia Chilena”, revista editada desde 1927 a 1954.

Volviendo los pasos al museo cabe destacar un pequeño pero importante anaquel dedicado a objetos del “arte farmacéutico” indígena, enfocado al quehacer de la/el machi, que con su sabiduría y magia oficiaba de curandero conocedor de muchas plantas y medicinas. También hay dos barriles, uno de cuero para transportar el yodo exportado desde las oficinas salitreras y otro usado por el profesor Leyton para macerar las flores de lavándula preparando la colonia que se regalaba durante la celebración del Día de la Lavándula, fiesta que aún se realiza cada fin de año y consiste en la apertura de un barril que contuvo las flores por varios meses, a la misma usanza de antaño. Todos se van con un frasquito del perfume.

La historia del museo comienza oficialmente en 1951, cuando fue fundado por César Leyton exponiendo lo que él mismo había ido recopilando a lo largo del país desde años antes. Empezó funcionando en una salita del segundo piso de la Facultad. Años más tarde se trasladó al primer piso. Pero fue en 1997 cuando gracias a la iniciativa del profesor Hermann Schmidt-Hebbel se trasladó desde Vicuña Mackenna 20 a su ubicación actual, a pocas cuadras. El museo es una visita obligada de los estudiantes, por ejemplo, de Concepción donde el viaje a Santiago incluye dos paradas obligadas, la otra es en el Instituto de Salud Pública.

Se pueden realizar visitas de preferencia los Miércoles en la mañana (aunque es posible que sean los Martes o Viernes también), el teléfono para avisar la visita es el 2-29781675 y la dirección, recuerda: Merced 50, subterráneo. Es un buen ejercicio de conocimiento del patrimonio, tan cercano y a veces a la mano… que lo olvidamos. En tu ciudad deben haber lugares así.

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