Los Selk’nam

Al sur del estrecho de Magallanes, allí donde las fronteras mueren en el frío y tormentoso mar que rodea a la isla grande de Tierra del Fuego, vivieron los selk’nam u onas y también, los casi desconocidos haush, últimos sobrevivientes de una antigua tradición de cazadores terrestres.

Gracias al desarrollo de eficientes estrategias y técnicas lograron adaptarse a una región de clima estepárico, agreste, de pastos duros y bajas temperaturas, a la que habían llegado sus antepasados hace miles de años, probablemente durante el paleoindio. Su principal animal de caza era el guanaco, base de su dieta alimenticia, que complementaban con zorros, roedores, ciervos y aves. Todos ellos poblaban las estepas septentrionales y los bosques meridionales de Tierra del Fuego, donde los selk’nam organizaron su vida.

Hacia inicios de la era cristiana, incorporaron moluscos y frutos silvestres, aunque el guanaco siguió siendo el componente esencial de su nutrición. Al igual que otros pueblos de la región, se valieron de lanzas con puntas de piedra y boleadoras para cazar y hacia el año 500 comenzaron a usar el arco y la flecha.

En términos generales, creían que la isla Tierra del Fuego que habitaban, se dividía en un cierto número de territorios de caza y recolección comunes a todos los linajes, llamados haruwen, que a su vez se agrupaban en siete cielos. Los cielos eran divisiones exogámicas, lo que significaba que los hombres nacidos en uno de ellos tenían que casarse con una mujer nacida en otro.

Por ejemplo, creían que sus antepasados míticos se transformaban en las plantas y los animales que habían habitado el mundo en sus comienzos, razón por la cual, cada uno de ellos se asociaba al cielo de donde se pensaba que venía su antepasado. Con el tiempo, esta creencia sobre los cielos y sobre los antepasados míticos se constituyó en una de las bases del ordenamiento selk’nam. En efecto, esta sociedad estaba organizada en grupos de parentesco que habitaban territorios comunes de caza y recolección llamados haruwen. Se estima que había entre 35 y 45 haruwen en toda la isla, constituyendo unidades territoriales muy bien demarcadas, en las que la intromisión de otro linaje en él podía llegar a un conflicto bélico.

Un aspecto destacado de los selk’nam, y en general de los cazadores terrestres de esta zona, es la huella que dejaron de su arte. En las paredes de la Cueva de las Manos (al sur de Argentina) se pueden contemplar hermosas pinturas rupestres, con diversos motivos: cacerías de guanacos, figuras humanas y manos en negativo. Las más antiguas, probablemente fueron pintadas por sus ancestros, hace unos 9.000 años, pero aquellos continuaron haciéndolo, con nuevos colores y motivos.

Otras expresiones interesantes de su arte son sus cuerpos pintados y su música. En efecto, cuando los europeos tomaron contacto con los selk’nam pudieron observar que estos pintaban completamente sus cuerpos. Lo hacían por varios motivos: para diferenciarse socialmente, puesto que variaba según el sexo y la edad, proteger al cuerpo de los rigores del clima y por ser un adorno que reflejaba un estado de ánimo. Se piensa que se embadurnaban con los mismos pigmentos que usaban en las pinturas rupestres.

La música selk’nam fue grabada por primera vez en 1907. Es muy simple y melódicamente limitada, y el elemento principal es la voz. No tenían instrumentos musicales, aunque hacían atronadores ruidos con el golpe de los pies en el suelo. Algunas de las formas musicales más frecuentes eran la canción para las curaciones, que interpretaba el médico brujo o kon, y la música interpretada en la ceremonia secreta de iniciación de los jóvenes llamada Klóketen (o Hain), en la que participaban solo hombres y duraba varias semanas.

Los selk’nam se organizaban en bandas familiares nómadas y tenían una división del trabajo por sexo y edad. Hacia comienzos de la era cristiana, comenzaron a recibir la influencia de los mapuche que vivían en las pampas patagónicas, lo que cambió su modo de vida: aprendieron a usar el caballo y comenzaron a habitar campamentos más permanentes, con una organización tipo tribal.

No existió una sola forma de entierro de los difuntos entre los cazadores australes. La que más practicaron los grupos de las estepas en tiempos históricos consistía en acumular piedras sobre el cuerpo del difunto, formando montículos o chenques. Cuando hicieron contacto con los europeos, creían en un panteón compuesto por un dios fundador, espíritus intermedios y antepasados míticos.

Un trágico final

Los selk’nam tuvieron un trágico final. Hacia fines del siglo XIX llegaron a Tierra del Fuego sendas compañías ovejeras, cuyas extensas estancias entraron en conflicto con sus habitantes autóctonos. Para exterminarlos, las compañías pagaban una libra esterlina por cada selk’nam muerto, presentando alguna mano u oreja suya. Las tribus del norte fueron las primeras afectadas, por lo que migraron hacia el sur para escapar de la masacre.

Tratando de terminar con la cruel matanza cometida contra los selk’nam, en 1890 el Gobierno cedió la isla Dawson a los sacerdotes salesianos y les otorgó recursos suficientes para establecer allí una misión con los indígenas que habían sobrevivido al genocidio cometido por las empresas ganaderas. En 20 años la misión fue cerrada, quedando solo un cementerio poblado de cruces. Ningún selk’nam soportó la pérdida de su libertad.

La ceremonia del Hain o Klóketen

Fundamental es el mito de Krren y Kreeh, el Sol y la Luna, porque explica el origen de la ceremonia del Hain y el reemplazo del matriarcado por patriarcado. Según el mito, en tiempos de los hoowin, las mujeres, lideradas por la Luna, dominaban a los hombres mediante un secreto engaño: se disfrazaban de espíritus para aterrorizarlos y mantenerlos sometidos a ellas.

Un día, el Sol descubrió el secreto de las mujeres y los hombres, enfurecidos, decidieron asesinarlas a todas, salvo a las niñas, que nada sabían del secreto. La Luna escapó a los cielos, donde aún es perseguida por el Sol… Este hecho originó la ceremonia del Hain, implantada por los hombres, en donde disfrazados de espíritus, someten a las mujeres, al tiempo que transmiten el secreto a los jóvenes iniciados a la vida adulta.

Klóketen es la celebración de las ceremonias de iniciación de los jóvenes a la pubertad y los juegos de los hombres adultos, incluyendo las apariciones de los espíritus. En ella, los jóvenes eran sometidos a duras pruebas (solo participaban hombres y duraba varias semanas). Para la ceremonia se construía una cabaña grande en algún lugar alejado de la comunidad. Este ritual era llamado Chéjaus por los yámanas y Hain por los selk’nam, y tenía características bastante especiales.

Algunos espíritus que intervenían en la ceremonia eran Kualan y Koshménk, la esposa infiel y el cornudo, respectivamente; Matán, el espíritu bailarín; Tanu, la hermana de Xalpen; Ko’taix, espíritu provisto de grandes cuernos que simulaba torturar y matar a los hombres; los Hayilan, sirvientes de Sho’ort que se comportaban como payasos; Hashé y Wakús, emisarios de Xalpen que iban al campamento a exigir comida y pintura a las mujeres, y Üllen, un espíritu que solo entretenía a las mujeres con payasadas.

La ceremonia quedó documentada por un testigo privilegiado: el antropólogo alemán Martín Gusinde, en 1923.

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