Los Diaguitas

Hábiles ceramistas y agricultores avanzados, los diaguitas dejaron una hermosa huella de su cultura en los territorios que ocuparon en nuestro país. Hacia 1500 d.C., era posible encontrarlos en todos los valles transversales del Norte Chico, entre los ríos Copiapó por el norte, hasta el Choapa por el sur, aunque habitaron principalmente las fértiles tierras entre el río Elqui y el Limarí. Una zona de transición entre el desierto de Atacama y el valle central, de clima mediterráneo.

Entre el 300 a.C. y el 700 de nuestra era, floreció un complejo cultural que ha sido llamado El Molle. Este se caracterizó por el desarrollo de una alfarería de motivos geométricos, una economía agroganadera sustentada en el uso de sistemas de regadío y un patrón de asentamiento semiestable en los valles y en la costa. Entre el 800 y el 1000 d.C., surgió el complejo de transición Las Ánimas, que evolucionó hasta convertirse en la cultura Diaguita. Surgieron como cultura diaguita propiamente tal hacia el año 900 d.C. Se estima que su ancestro más directo es el complejo Las Ánimas, por la aparente relación que habría entre los diseños y la forma de las vasijas de esta última con aquella.

Se sabe poco de la cultura Diaguita de nuestro país, sobre todo de su patrón de asentamiento. Los antropólogos suponen que sus habitantes vivían en pequeñas aldeas construidas con sencillas chozas de barro, madera y paja, distribuidas a lo largo de los valles y cerca de los campos de cultivo. Algunos expertos sostienen que la población que hoy habita esos territorios utiliza este modelo de dispersión de las unidades familiares.

Hasta el año 2006, la ley indígena N° 19.253 reconocía como etnias chilenas a las Mapuche, Aimara, Rapa Nui o Pascuense, las comunidades Atacameñas y Collas, del norte del país, y a las comunidades Kaweshkar o Alacalufe y Yámana o Yagán. Mediante la ley N° 20.117, publicada en el Diario Oficial el 8 de septiembre de 2006, la comunidad Diaguita también fue incluida en esta categoría y reconocida como etnia.

En la esfera económica, los diaguitas desarrollaron una agricultura basada en el cultivo de maíz, quinua, porotos, papas y zapallos, y una ganadería de camélidos. Se piensa que se organizaban en pequeñas aldeas independientes dirigidas por líderes de la comunidad. Así, aunque pertenecían a una misma cultura, cada valle y cada localidad mantenían su autonomía. Al parecer, no existió unificación lingüística ni política entre los diferentes valles.

Fue en su Período Clásico cuando desarrollaron complejos sistemas de regadío y una fina y hermosa cerámica de tonos blancos, rojos y negros. Con la invasión incásica, su organización social y política cambió y la sociedad fue reorganizada en sistemas de jefaturas duales, donde cada valle tenía una autoridad que gobernaba la parte alta y otra que gobernaba la parte baja, con esta última subordinada a la primera.

Durante las tres últimas décadas del siglo XV, el imperio incaico impuso su dominio sobre ellos, designando curacas o funcionarios imperiales, y asentando colonos traídos desde otros sitios. Peor aún para su subsistencia fue la conquista española, pues su población se redujo rápidamente por las enfermedades, el desarraigo de sus tierras y familias, su reducción a los pueblos de indios y el sistema de encomiendas. Con la incorporación de este territorio al imperio Inca, los diaguitas se convirtieron en activos agentes de su expansión hacia Chile central.

Los diaguitas descollaron en alfarería. Estudios revelan que sus patrones de diseño tenían gran variabilidad, más de 500 diferentes. Realizaron vasijas, jarros, platos y urnas funerarias, todas con un gran sentido estético y una complejidad simbólica sobresaliente. Los dibujos geométricos de líneas, puntos, triángulos, formas escalonadas, canchos, espirales, diseños en ondas y en zigzag, en colores negro y rojo sobre fondo blanco, revelan probables contactos con la cultura Tiwanaku y con poblaciones amazónicas. Algunas vasijas tienen formas humanas; otras de aves, felinos y camélidos.

Aunque la cerámica diaguita presenta diseños geométricos casi indescifrables, sus motivos, repetidos una y otra vez en las vasijas, recuerdan el arte de algunos pueblos indígenas actuales, cuyos dibujos se relacionan con la imaginería derivada del consumo de plantas alucinógenas. De acuerdo a esta teoría, una de las principales características que permiten relacionar ambas expresiones es su carácter “minimalista”. Los diseños de las vasijas reiteran en forma monótona solo unos pocos patrones. Sin embargo, cuando se observan detenidamente, se aprecian mínimas y sutiles variaciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *