Los Aimaras

Son originarios de las alturas andinas, allí donde la vida se matiza mágicamente y se vive en comunión entre lo humano y lo divino, entre el cielo y la Pachamama, la fértil y universal madre que alimenta la vida.

Sometidos a siglos de explotación económica y a un proceso de aculturación forzada, el pueblo aimara ha logrado sobrevivir a nuestros tiempos, adaptándose a los contextos políticos que le ha tocado vivir. Localizados mayoritariamente en el altiplano de Perú, Bolivia y Chile, sus tierras de origen, los aimaras suman alrededor de tres millones de personas, conformando una de las etnias más importantes de Sudamérica. Solo gracias a su fuerte cohesión étnica, la pervivencia de su lengua y una organización social propia.

Los primeros grupos que hablaban la lengua aimara se establecieron en las cercanías del lago Titicaca (Bolivia) y el altiplano surandino, en el siglo XII, tras la destrucción del centro ceremonial de Tiwanaku. En la centuria siguiente, dieron vida a mancomunidades étnicas que colonizaron los valles al oriente y poniente de la cordillera de los Andes. Posteriormente, en el siglo XV, los incas conquistaron las tierras altiplánicas y las incorporaron al imperio.

La vida de esta pacífica etnia cambió violentamente cuando el conquistador Francisco Pizarro llegó a la zona, en 1532. Fueron desarraigados de sus familias, sometidos al sistema de encomiendas y repartidos por el reino, para trabajar en centros mineros, como Potosí. Las nuevas y desconocidas enfermedades mermaron despiadadamente la población aimara, y la Corona instaló misiones religiosas, para erradicar sus milenarias creencias y convertirlos al cristianismo.

El ayllu ha sido, tradicionalmente, la unidad básica de la sociedad aimara. Se define como una comunidad campesina unida por lazos de parentesco y por la labranza en terrenos comunitarios. Los ayllus se organizan territorialmente en agrupaciones mayores o markas; realizan rituales que fortalecen la relación entre sus miembros y favorecen la transmisión de los saberes y tecnologías heredadas de los antepasados.

Un aspecto notable de su cosmovisión es su cohesionada concepción del universo: creen que el mundo se organiza en pares complementarios, como el día y la noche o el hombre y la mujer. Este equilibrio entre opuestos está expresado en el término “thinku”, el que alude a la presencia constante de fuerzas opuestas no antagónicas, sino complementarias.

Los aimaras creen que todo está relacionado; por eso, plantean y practican la reciprocidad entre los seres humanos, el retribuir lo que otros han hecho por uno. Para ello, cuentan, con tres conceptos esenciales: “Ayni”, que significa que quien recibe favores debe devolverlos; “Minca”, que quiere decir que la comunidad (como un barrio) debe trabajar por una causa común, y “Mita”, según la que las grandes confederaciones también deben trabajar unidas. Solo siguiendo estas tres ideas, la comunidad vivirá en armonía. El fin es convivir en equilibrio por el bienestar de todos, con los amigos, los vecinos, el barrio y la naturaleza. No deben existir los individualismos, porque todos son responsables de la comunidad.

Entre las ceremonias que los aimaras aún celebran, se encuentra el floreo. Se trata de la fiesta de la fertilidad del ganado (llamas, alpacas, cabras y ovejas) y consiste en adornar las orejas de los animales. Se realiza en los mese de enero y febrero, que es la época de las lluvias altiplánicas, la abundancia de los pastos y el nacimiento de los camélidos.

Una vez al año, los aimaras realizan el culto a los “achachilas” o “mallcus”, los espíritus de las montañas nevadas. La comunidad festeja subiendo a los cerros y realizando el wilancha, un ritual donde sacrifican una llama y queman algunas plantas que expelen un humo aromático. La gente mastica hojas de coca y bebe alcohol, ora, come y baila, y el sabio de la comunidad habla con el cerro, pidiéndole solución a los problemas y abundancia de aguas.

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