Leyenda de Jurasi

Sin duda, llamaba la atención su juventud. Pese a llevar muchos años como princesa en la zona de Tarapacá, tenía la fortuna de permanecer joven debido a que un gran secreto le fue revelado: Entre las montañas, un poderoso manantial fluía tibio y el que se bañaba en sus aguas era capaz de mantenerse eternamente en el tiempo.

Debido a su gran corazón y la sabiduría otorgada por los años, tomó bajo su cuidado a un niño sin hogar, al que educó hasta convertirlo en un adulto fuerte y apuesto. Viendo al niño convertido en un gran hombre, se enamoró perdidamente de él y se casaron.

Transcurridos algunos años de feliz matrimonio, el otrora joven comenzó a notar que, a pesar de que él sí envejecía, su esposa se conservaba lozana, como el primer día de matrimonio. Celoso e intrigado, comenzó a seguir a su mujer, descubriendo que una vez a la semana la princesa nortina escapaba hacia las montañas. Pudo advertir que se bañaba en cierto manantial y no le cupo duda de que tales aguas eran las responsables de su eterna juventud.

Un día, él se bañó en las mismas aguas, logrando recuperar su físico y energía juvenil. Tras notar por su nueva apariencia que su marido había ingresado el manantial, en una ocasión la princesa lo siguió sigilosamente hasta verlo dentro del agua. Nublada por la furia, se puso a gritar “¡Jurasi! ¡Jurasi!”, que significa “¡Hirviente! ¡Hirviente!”, y el agua subió de temperatura hasta quemar a su enamorado.

El manantial se evaporó y la princesa no pudo bañarse más ahí, lo que hizo que envejeciera rápidamente, perdiendo su misteriosa juventud y quedando solo sus huesos.

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