La creación de un poder naval durante la Patria Nueva

Las experiencias navales chilenas durante la Patria Vieja habían sido reducidas y desalentadoras. Valparaíso había sido bloqueado por dos naves corsarias peruanas y José Miguel Carrera ordenó, en esa oportunidad, la organización de una fuerza capaz de romper el verdadero cerrojo que sobre el principal puerto se había impuesto. Para ello se armaron dos pequeñas naves mercantes, la “Perla” y el “Potrillo”, pero sus tripulantes, apenas iniciaron sus operaciones, se amotinaron y partieron rumbo al Perú. Desde ese momento y hasta la batalla de Rancagua, solo se realizaron acciones menores, en su mayoría de abordaje a naves enemigas que circulaban cerca de la costa.

La creación de unas marina militar resultaba difícil puesto que se carecía de los elementos materiales y humanos necesarios para ello. No se contaba con tripulaciones preparadas y la capacidad de los astilleros locales era bastante reducida. Pese a estas dificultades, y gracias a numerosas gestiones, el gobierno de O’Higgins pudo lograr la meta que se había impuesto: en Valparaíso se capturó el bergantín “Águila”, que pasó a denominarse “Puyrredón” (1817); ese mismo año recalaron en las costas chilenas la corbeta “Chacabuco” y el bergantín “Araucano”; al año siguiente llegó a Valparaíso la fragata “Windham”, que había sido adquirida en Londres gracias a las gestiones de José Álvarez de Condarco y que fue rebautizada con el nombre de “Lautaro”; más tarde arribó el “Cumberland”, un navío de 64 cañones cuya nueva denominación fue “San Martín”, y se capturó a la fragata española “María Isabel”, que pasó a integrar la fuerza chilena bajo el nombre de “O’Higgins”. En Estados Unidos se construyó la corbeta “Independencia” y por otras vías de adquisición, vinculadas al gobierno de Buenos Aires, llegaron los bergantines “Galvarino” e “Intrépido”.

Paralelamente, se trabajaba en la composición de la marinería, asunto que resultaba en extremo difícil por cuanto los tripulantes preferían embarcarse en naves con patente de corso, en las que lograrían mayores beneficios que la exigua paga fiscal que el gobierno podía proporcionarles. Encontrar oficiales preparados también era dificultoso, así es que se recurrió al expediente de contratar marinos ingleses, entre ellos a lord Thomas Cochrane, quien arribó a Valparaíso en noviembre de 1818.
 

En enero del año siguiente una división de la escuadra, comandada por el noble británico, zarpó rumbo al Callao, dispuesta a combatir con las naves españolas. Este puerto contaba en esa fecha con una poderosa fuerza naval integrada por dos fragatas, una corbeta, tres bergantines, una goleta, 28 lanchas cañoneras y seis mercantes armados. A ellos se debe agregar el enorme poder de fuego del “Real Felipe”, su fortaleza. Lamentablemente, las condiciones climáticas de esa zona del Perú, caracterizadas por una niebla permanente, impidieron efectuar cualquier intento de ataque, así es que Cochrane decidió imponer un bloqueo, que quedó a cargo del almirante Manuel Blanco Encalada, y partió rumbo al norte y atacó los puertos peruanos de Huacho, Huara, Huarmey y Paita, para luego regresar al Callao y posteriormente a Valparaíso.

En su segunda campaña, que inició en septiembre de 1819, atacó las fortalezas del Callao con cohetes, audaz experimento que no dio los resultados esperados debido a la mala calidad de los proyectiles, que habían sido fabricados en Chile. Ante este nuevo contratiempo, decidió poner proa al norte y partir en busca de la “Perla”, a la que persiguió hasta el río Guayas, en actual territorio ecuatoriano, pero no logró su objetivo. Cochrane decidió entonces dar un golpe de audacia: apoderarse de Valdivia.

Esta operación no era nada de fácil, pues se debe considerar que la ciudad estaba protegida por un complejo sistema de fuertes, castillos y baterías que controlaban la desembocadura del río Calle-Calle, el cual era considerado inexpugnable, y en realidad lo era, pero siempre que el ataque se intentara por mar. Cochrane, que en sus experiencias europeas conocía la importancia de los desembarcos de tropas, decidió realizar una operación anfibia que permitió a la infantería chilena capturar distintos fuertes hasta llegar al castillo de Corral, el cual fue abandonado por los realistas en medio de una gran confusión. Lo mismo sucedió con el fuerte de Niebla. Así, la ciudad fue fácilmente ocupada, mediante la rendición de su guarnición, el 4 de febrero de 1820, privándose a los realistas de una base de probables operaciones en el sur de Chile.

Lentamente, la escuadra chilena se fue apoderando, gracias a la intrepidez de sus hombres, del dominio del Pacífico, y fue capaz de imponer un bloqueo general a los puertos peruanos. Logrado este objetivo, el camino para la Expedición Libertadora del Perú estaba abierto.

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