La Colonia

Período histórico que comprende desde afianzamiento definitivo del poder hispano en territorio chileno (1600) hasta los primeros intentos independentistas por parte de los criollos (1810).

El período colonial en Chile se caracteriza por la extraordinaria cantidad de vicisitudes y circunstancias que ayudan a definirlo como una etapa esencialmente dinámica. Cambios sociales, económicos, administrativos y monárquicos complican en grado sumo el estudio de este período. Los autores tradicionales habían hablado de la “siesta colonial”, percepción, sin embargo, del todo alejada de la realidad. El viejo cuadro escolar de pobreza, desgracia, patriarcado e ignorancia parece un tanto distinto de lo que la información documental arroja al respecto en los diversos archivos a los que han accedido los investigadores.

En forma sucinta, el período colonial en el país se enmarca en un contexto de dominio a escala planetaria ejercido por la monarquía española de los Habsburgo. La unidad cultural dentro del Imperio español es un hecho innegable, y Chile participó de esa homogeneidad, que pervive a través de los territorios que hoy forman las modernas repúblicas latinoamericanas. Este carácter compacto se manifiesta en los bienes culturales de las diferentes comunidades latinas, como la religión católica o el idioma castellano (en rigor, la lengua española). Históricamente, la administración de las colonias españolas siguió patrones casi idénticos en todos los territorios. De mayor a menor jerarquía, virreyes, gobernadores, corregidores y audiencias gobernaban sin tener entre ellos límites de poder claramente especificados, por lo que el sistema se basaba en la vigilancia y desconfianza mutuas, lo que generó múltiples choques, sobre todo, entre virreyes y audiencias, gobernadores y cabildos. Esta situación de recelo generalizado ayudaba al monarca en su tarea de control, complementada con el papel de varios organismos emplazados en la propia península Ibérica, que se preocupaban exclusivamente de los asuntos americanos, como el Consejo de Indias y la Casa de Contratación. La monarquía nunca consideró colonias propiamente tales a las zonas bajo su dominio, dado que estos territorios pertenecían a los reyes de España y no al pueblo español, siendo entonces una especie de posesión personal: la definición de esa época habla de “reinos”, por ejemplo, el Reino de Chile.

Desde el descubrimiento del territorio (1536), Chile constituyó un quebradero de cabeza para la monarquía. Durante los siglos XVI y XVII los indígenas (sobre todo, los grupos mapuches) lograron mantener su identidad e independencia. El sometimiento, o mejor dicho la ocupación de sus tierras, no se dio hasta la época de la República (siglo XIX). De hecho, en repetidas ocasiones, los nativos expulsaron a los hispanos de las ciudades que habían fundado. Las supuestas riquezas fabulosas que se hallaban en Chile, y que habían nacido de la imaginación de los indígenas peruanos, no tenían existencia real. Los terremotos acostumbraron a los colonizadores a estar dispuestos a perder todo lo obtenido y a comenzar siempre de nuevo. Pronto la monarquía empezó a definir este territorio como lejano, peligroso y sumamente caro. Piratas y corsarios ingleses frecuentaron de manera preocupante las costas chilenas, arrasando puertos y ciudades del litoral, como La Serena. A todo lo anterior deben sumarse las enfermedades epidémicas, como el tifus, el sarampión y la viruela, que causaban una enorme mortandad en los grupos indígenas, alterando la disponibilidad de mano de obra en el caso de los nativos sometidos. Este cuadro ciertamente deprimente no sufrió una sustancial mejoría durante el siglo XVII.

Así, las incursiones piratas continuaron, esta vez por parte de los corsarios holandeses. El establecimiento del real situado (1603), subvención proveniente del virreinato peruano para sostener un ejército profesional en la frontera del Biobío, ayudó a mejorar en parte la situación, permitiendo que los civiles dejaran las armas para dedicarse por completo a las tareas agropecuarias. Anteriormente, los gobernadores de la época habían carecido, de forma crónica, de los recursos suficientes para establecer soluciones definitivas y muchas veces debieron apelar a las derramas o contribuciones forzosas de los mismos colonos. La incipiente economía colonial se sostuvo gracias al intercambio con el virreinato, el cual se constituyó en el mercado más importante para los productos chilenos hasta la época de la República.

Un cambio significativo se experimentó en el siglo XVIII, provocado por el reemplazo dinástico de los Habsburgo (casa real de origen austríaco) por los Borbones (dinastía de origen francés y, por ende, fiel representante del despotismo ilustrado). La nueva casa real se abocó a la ardua tarea de rescatar el Imperio de la decadencia en que se hallaba, preocupándose del desarrollo material de las colonias y estableciendo reformas administrativas que hicieran más expedito el gobierno de los territorios: por ejemplo, la creación de las intendencias y el nuevo Virreinato del Río de la Plata (1776). Asimismo, se agilizó el intercambio comercial, mediante la eliminación del sistema de flotas y galeones, la creación de nuevos puertos y los navíos de registro junto con la fundación de un número considerable de ciudades, cuyas economías descansaban tanto en la agricultura como en la minería: para el caso chileno, 27 nuevos poblados. Sin embargo, tales esfuerzos no pudieron recuperar el alicaído imperio, ya que se realizaron de forma muy tardía y no pudieron contrarrestar el descalabro económico y político provocado por los últimos representantes de la casa de Austria.

Finalmente, la Independencia daría fin a una fase histórica rica e interesante como fue la etapa colonial.

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