Expediciones extranjeras durante la Colonia

El siglo XVIII, el último siglo colonial, ha sido bautizado por los historiadores como “período ilustrado”, “Siglo de las Luces” o “Siglo de la Ilustración”. El origen de estos apelativos se debe a la gestación en Europa de un movimiento cultural (aunque acabaría abarcando también otros ámbitos, como la economía y la política) empeñado en “disipar las tinieblas” de la Humanidad mediante las luces de la razón y el conocimiento.

Durante aquella centuria también se produjeron cambios muy importantes en España, el principal de los cuales fue de orden político, coincidiendo con el comienzo del reinado de la dinastía de los Borbones, quienes introdujeron en la corte ideas más liberales con respecto al poder y otras esferas de la sociedad, como la economía, en los ámbitos de la industria, el comercio y la agricultura.

Estas transformaciones tenían que influir necesariamente en la América hispana, de manera que se reorganizó y reformó el sistema colonial en su conjunto con el objetivo de alcanzar una mayor eficacia. Asimismo, adquirieron nuevo ímpetu las exploraciones y los descubrimientos territoriales, que en el caso de Chile marcaron como objetivo incorporar de manera efectiva el espacio a la Corona y delimitar la hasta entonces llamada Capitanía General de Chile. Por otra parte, la estructura social mantuvo sus rasgos estamentales; sin embargo, los criollos comenzaron a tener un peso específico dentro de la sociedad, en detrimento de los españoles. La población indígena sufrió un descenso considerable, mientras que otros grupos sociales, como los mestizos, conformaron un sector numéricamente importante y presente tanto en el mundo rural como en el mundo urbano. 

El siglo XVIII se caracterizó por el afán de algunos estados europeos (Francia, Gran Bretaña, España) de promover expediciones marítimas para alcanzar un mayor conocimiento del mundo. Dentro de este interés se inscribe la importancia territorial y geoestratégica de Chile.

En la primera mitad del siglo destacaron las expediciones de los franceses Louis Feuillée y Amédée-François Frezier, de carácter científico, y la de los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, quienes realizaron un estudio sobre la sociedad y la administración chilenas (1735).

El marino británico John Byron recorrió las costas del Atlántico, entre el cabo de Buena Esperanza y el estrecho de Magallanes. Su propósito no era solo descubrir las riquezas de esas tierras, sino también confirmar la existencia de un gran continente austral, según relataban las leyendas. Su expedición se realizó entre 1764 y 1766 y sirvió, sobre todo, para establecer una carta marítima más exacta que las que existían hasta aquel entonces.

Poco después fue el francés Louis-Antoine de Bougainville quien exploró el estrecho de Magallanes. La carta marítima que éste confeccionó no fue tan precisa como la de Byron. No obstante, su libro de viajes titulado Voyage autour du Monde (1771) supuso una renovación de los conocimientos geográficos sobre estas tierras australes y reunió una valiosa información sobre los indígenas fueguinos.

Este interés por el conocimiento del territorio chileno favoreció, durante el último tercio del siglo XVIII, la realización de nuevas expediciones, como la del capitán británico James Cook a Tierra del Fuego, promovida por la Sociedad Real de Londres en 1768. Jean-François de Galaup, conde de La Pérouse, confeccionó una carta marítima de la bahía de Talcahuano en 1786.

Una expedición al mando de Antonio de Córdoba, enviada por el rey Carlos III, estableció entre 1785 y 1788 una ruta por el cabo de Hornos, dadas las tremendas tempestades que se desataban en las aguas del estrecho de Magallanes. Y Alejandro Malaspina, marino de origen italiano al servicio de España, partió del puerto de Cádiz en 1789 y llegó a Chiloé. Recorrió toda la costa del Pacífico hasta los 61° de latitud norte (Alaska), completando los estudios geográficos que sobre estas costas se tenían.

Expediciones en la costa meridional

En 1768, Carlos Berenguer, gobernador de Chiloé, fundó en la bahía de Ancud, la fortaleza de San Carlos de Chiloé, que sirvió como punto de partida de múltiples expediciones que tenían por finalidad explorar los canales y archipiélagos del sur del territorio. En 1769, desde este lugar, Francisco Machado llegó hasta el canal de Fallos. Entre 1778 y 1779 varios misioneros franciscanos exploraron los canales hasta los 47° de latitud sur a fin de evangelizar a los nativos. José de Moraleda recorrió en 1788 la costa entre los ríos Maullín y Palena, así como la desembocadura del río Aisén y el lago Todos los Santos, realizando trabajos hidrográficos muy completos.

Por su parte, George Vancouver, uno de los más famosos expedicionarios británicos, llegó a Valparaíso en 1795 y recibió la hospitalidad del gobernador Ambrosio O’Higgins, debido a las buenas relaciones existentes por entonces entre la monarquía británica y la española, en el contexto de las guerras contrarrevolucionarias contra Francia. De vuelta, atravesó el cabo de Hornos y escribió en su libro A voyage of discovery un capítulo muy interesante sobre las características geográficas y sociales de Chile.

El estudio del sur chileno se completó con varias expediciones a la Patagonia oriental, que mejoraron el conocimiento del territorio entre el seno de Reloncaví y el estrecho de Magallanes. Los jesuitas, en primer lugar, y luego los franciscanos, fundaron diversas misiones en busca de la mítica “Ciudad de los Césares”. Pero la misión jesuita situada cerca del lago Nahuel Huapi fue destruida por los indígenas poyas en 1717. Por su parte, los franciscanos prosiguieron este camino a finales de siglo, aunque sin ningún resultado concreto.

A principios del siglo XIX se hicieron frecuentes los viajes entre las ciudades de Santiago y Buenos Aires, al otro lado de la cordillera de los Andes. Estas expediciones partían de Chillán, atravesaban la Pampa y llegaban a Buenos Aires, regresando luego por el paso del Antuco. También cruzaban por Mendoza.

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