Desarrollo del cine chileno en la década de 1920

A partir de la experiencia de don Arturo Larraín Lecaros, pionero de nuestro cine nacional, comienza un período de producción fílmica experimental de cortos mudos, que culminará aproximadamente en 1918, con la realización del segundo film argumental de larga duración, titulado: “La Agonía de Arauco”.

A partir de ello, se abre una etapa prolífica para la producción fílmica nacional, que durará hasta los primeros años la década de 1930, período que coincide con la aparición del cine sonoro en Chile (1933). Por otro lado, hacemos referencia a la importante figura de Armando Rojas, quien en 1919 produjo la película “Uno de Abajo”, primer film nacional de carácter social.

Así mismo, afirmamos que a Armando Rojas se le debe la creación en 1928, del innovador “Instituto de Cinematografía Educativa”, iniciativa que contó con el patrocinio de la Universidad de Chile. También, destacamos en esta oportunidad, la realización en 1920, del primer film de dibujos animados, titulado “La Transmisión del Mando Presidencial”, cuyo autor fue don Alfredo Serey, personalidad que es hoy más conocida, por ser uno de los precursores de la homeopatía en Chile.

Así, el cine chileno en la década de 1920, ofrecerá una serie de creaciones, en cuyo trabajo de dirección, argumento e incluso actuación, lo encontraremos siendo protagonizado por personalidades relacionadas principalmente, con el mundo de la literatura e incluso de la política, como lo fue el caso particular de Alberto Edwards, autor del destacado ensayo “La Fronda Aristocrática” de 1923.

Uno de los escritores, que incursionó en el cine fue: don Antonio Acevedo Hernández, quien dirigió los films “Almas Perdidas” y “Agua de Vertiente”. En esta última producción, es donde por primera vez, apareció una mujer completamente desnuda, bañándose en las cristalinas aguas de una vertiente. Otro ejemplo, fue el connotado poeta y Premio Nacional de Literatura, Víctor Domingo Silva, quien dirigió la película titulada “Un Idilio en la Montaña” y en 1925, el escritor Rafael Maluenda, por ese entonces director del diario El Mercurio, con los films “La Copa del Olvido” y la “Víbora de Azabache”, trabajos producidos en los estudios de “Andes Films” y que obtuvieron un resonante éxito.

Sin embargo, fue el escritor Pedro Sienna uno de los más destacados de ese período, ya sea por su labor en la dirección, como en su trabajo actoral. Sienna, inició su labor con la película “Los Payasos se Van”, trabajo basado en la obra teatral de Hugo Donoso; “El Empuje de una Raza”, “Un Grito en el Mar”, obra que fue laureada con diploma de Honor y Medalla de Oro en la Exposición Internacional de la Paz; “El Húsar de la Muerte” (1925), “La Última Trasnochada” (1926), trabajo que fue una adaptación cinematográfica de la comedia “La Oveja Negra” de Rafael Fontaura, productor que más tarde, se transformó al igual que Sienna, en galán de nuestro cine criollo.

En 1924, Jorge Délano (Coke) produjo “Juro no Volver a Amar”, cuya filmación final debió ser postergada, cuando, después de la revolución de 1924, el protagonista se tomó el edificio de La Moneda maquillado. Délano, también filmó en 1925 “De Luz y de Sombra”, película que fue rodada en la casa de don Francisco Huneeus Gana -padre de María Ester Huneeus, más conocida por su seudónimo “Marcela Paz”, autora de “Papelucho”-, donde tuvo participación en el reparto, entre otros, el destacado pintor Juan Francisco González, integrante del grupo artístico Los Diez (X).

Le sigue, don Nicanor de la Sotta, con “Golondrina”, obra que se transformó en uno de los éxitos más sonados de ese tiempo y que le valió a su director una gran popularidad. “(…) Su recaudación fue tan fantástica, de De la Sotta pudo producir por cuenta propia “Pueblo Chico, Infierno Grande”, “Juventud, Amor y Pecado” y “¡A las Armas!”, en medio de la cual el gran actor chileno hizo mutis por el foro de la vida, dejándola inconclusa. El protagonista de varias de esas películas fue Evaristo Lillo (el guatón Lillo pesaba ciento cincuenta kilos), uno de los actores más populares de la época (…)” Jorge Délano, 1958.

También, podemos mencionar a Carlos Cariola, que en 1917 había formado un estudio de filmación junto a Rafael Fontaura. En la década del 20, Cariola es atraído por la dirección y produce la comedia “Don Quipanza y Sancho Jote” y el film “Pájaros Sin Nido”. Sin embargo, el más prolífico director de la época, fue don Alberto Santana, que produjo entre los años 1921 y 1927 diecisiete películas. A Santana, se le debe muchos años después, el primer estudio referido a la historia de nuestro cine nacional, titulado “Grandeza y Miserias del Cine Chileno”.

Otro antecedente importante, es que nuestro incipiente cine, contó con dos directoras: Rosario Rodríguez, autora de “Malditas sean las Mujeres” y “La Envenenadora”; y Bebé Armstrong de Vicuña con su película: “El Lecho Nupcial”. Así mismo, debemos mencionar a Carlos Borcosque, quien produjo junto a Gregorio Pardo varias películas exitosas, siendo la más celebrada “Hombres de esta Tierra”, protagonizada por el famoso boxeador Luis Vicentini.

Otra destacada producción, fue “La Calle del Ensueño” de Jorge Délano, realizada en 1928, trabajo que fue laureado con el Gran Premio de la Exposición Internacional de Sevilla de 1929, donde por primera vez, se realiza un trabajo de efecto especial, donde se simuló en uno de sus pasajes -mediante el uso de maquetas y fotografías-, la escena histórica del incendio de la Iglesia de La Compañía, desastre ocurrido en 1863, trabajo que le valió a Délano grandes elogios en Hollywood.

Otro acontecimiento importante de nuestro cine, se da con la película “Canción de Amor”, primer film sincronizado, dirigido por Juan Pérez Berrocal y que fue producido por los hermanos Eric y Lionel Page Guevara, hermanos iniciados en realizaciones documentales, a través de su sello “Page Bros. Films”.

Impulsores del cine chileno, hacia fines de los años 20, fueron los argentinos Arturo Mario Padin, con sus cuatro films históricos, uno de ellos, una adaptación de la novela de Blest Gana “Durante la Reconquista”; José Bohr, con la adaptación de la obra de Joaquín Edwards Bello “Un Chileno en Madrid”; y el italiano Eugenio Liguero, con “El Hombre de la Calle”.

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