Avances en la educación del siglo XVIII

El siglo XVIII se distinguió por el progreso intelectual y cultural. Entre los factores que explican este hecho cabe destacar la meritoria labor de los jesuitas, que introdujeron el estudio de la naturaleza americana, sus razas, su geografía, su flora y fauna, así como sus lenguas. Los jesuitas establecieron dos convictorios, el de San Francisco Javier en Santiago y el de San José en Concepción. Fundaron además diez colegios a lo largo de todo el país, en los que se impartía enseñanza primaria, secundaria y cursos de teología, retórica y matemáticas.

El impulso pedagógico de los jesuitas tuvo una influencia enorme en la vida cultural e intelectual de la clase criolla chilena. Este progreso de la cultura se vio complementado por las aspiraciones de la propia monarquía de Carlos III. Por impulso de ésta se incrementaron las traducciones de escritos científicos y se fomentó su circulación por los territorios de las colonias.

Fue Chile un ejemplo de ello, cuyos criollos consideraban que estos adelantos serían útiles para el desarrollo económico del país. Proliferaron las obras literarias, de agricultura, de física, de medicina. No obstante, con la Inquisición aún presente y activa, se mantuvo una importante censura de todos los libros que cuestionaran aspectos fundamentales de la religión católica, pusieran en duda el poder del monarca español o alentaran la causa de la independencia.

Instrucción primaria y secundaria

Sin duda, uno de los aspectos que más avanzaron durante este siglo fue la pedagogía aplicada a las primeras letras. La enseñanza dependía de las comunidades religiosas y de los cabildos, y ambas eran gratuitas para los pobres, si bien la población negra estaba excluida de la misma.

Los docentes no siempre eran eclesiásticos, pues los cabildos también contrataban maestros laicos. Los hijos de la clase acomodada tenían la obligación de pagar las tasas académicas, aunque disfrutaban de privilegios como el trato de “usted” y un asiento reservado en las primeras filas. Las asignaturas obligatorias eran la escritura, la lectura, la aritmética, la gramática y el catecismo. Al margen de la escuela pública proliferaron rápidamente las escuelas de particulares. A comienzos del siglo XVIII, en Santiago había nueve escuelas con cerca de cuatrocientos alumnos.

En la enseñanza secundaria, el monopolio educativo lo detentaba la Iglesia. Los seminarios, los colegios de diferentes órdenes religiosas y el convictorio de San Francisco Javier eran los principales centros educativos. La gramática de Antonio de Nebrija era utilizada en la educación, aun cuando la gramática castellana solo se comenzó a enseñar a finales del siglo XVIII. El método pedagógico consistía en la memorización, que culminaba con el repaso o remate dos días a la semana. Éste, en ocasiones, era público. Sin embargo, lo que más destaca de la enseñanza secundaria era su rigidez y severidad.

En el año 1778 se fundó el convictorio Carolino, cuya tarea era preparar a los alumnos que iban a ingresar a la universidad. Este nuevo convictorio sustituyó al de San Francisco Javier tras la expulsión de los jesuitas (decretada en 1767).

La enseñanza universitaria

Estos avances intelectuales se vieron completados, en 1797, con la fundación por Manuel de Salas de la Academia de San Luis. En ella se impartían enseñanzas de geometría, dibujo, aritmética, ciencias físicas y naturales, elementos de química, docimasia y latín.

La preparación técnica y teórica se correspondía con la necesidad de preparar a generaciones de chilenos como maestros de minas, ingenieros de obras públicas y alarifes empleados con Consulado de Comercio. La Academia de San Luis no tenía precedente alguno en toda América y respondía a la demanda de personal calificado de las nuevas explotaciones económicas iniciadas durante el siglo XVIII.

En 1738 se ordenó la creación de la Universidad de San Felipe, tras las intensas negociaciones de Tomás de Azúa Iturgoyen en la Corte española. El crecimiento económico y político de Chile hizo incrementar la demanda de formación intelectual. La universidad más próxima era la de San Marcos, en Lima, por lo que el cabildo de Santiago en 1713 planteó la creación de un centro de estudios superiores en donde pusieran formarse médicos, abogados y teólogos. Tomás de Azúa fue el primer rector en 1747, cuando se comenzó a dar forma al organigrama académico claustral. No obstante, las clases no comenzaron hasta diez años después. La universidad estaba compuesta de cuatro facultades, las de derecho, teología, medicina y matemáticas. En la facultad de derecho se enseñaba derecho romano y canónigo; en la de teología, la filosofía escolástica y la artistotélica. La faculta de medicina tardó unos años más en ponerse en marcha por falta de alumnos, y la de matemáticas tuvo dificultades para contratar a un profesional que ocupara con garantías su dirección.

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