ANGUITA, Eduardo

“La mejor coronación para cuarenta años de oficio”, dijo Anguita cuando conoció su designación como Premio Nacional de Literatura en 1988.

El galardonado, “cuya poesía da forma verbal a grandes intuiciones metafísicas sobre el tiempo que pasa, el amor y la muerte”, escribió una veintena de libros. El último se tituló La belleza de pensar, interesante selección de sus crónicas publicadas en El Mercurio entre 1976 y 1983, en una de las cuales, “Palabra de hombre”, comenta, hablando acerca de la poesía: “[…] hasta en nuestros más inteligentes críticos cunde el criterio de que la poesía debe ser clara. Me parece que es un error. En un texto de Rosamel del Valle leí hace poco algo que siempre pensé: si para comunicarnos con los otros en las cosas más corrientes de la vida diaria las palabras son insuficientes, ¡cómo van a bastar las palabras cotidianas para transmitir ‘contactos’ y ‘experiencias’ que se originan y brotan de lo más complejo del hombre! La lucha dolorosa de todo auténtico poeta es por lograr que la ‘revelación’ no bloquee a la ‘comunicación’, ni que ésta vulgarice y desvirtúe aquella”.

Su obra poética se inicia hacia 1934 con Tránsito al fin, poemas en que Anguita asume el surrealismo en forma inteligente y controlada, más en el espíritu que en la letra, con un temple mental de lucidez y dominio que delata al discípulo de Huidobro. En 1940 publica Transmisión animal, obra en que se aprecia “la grata difusión de una fantasía onírica en estado de libertad con un elemento de otra naturaleza: un tono verbal de gran ingenio, desenvoltura coloquial y discursiva, abordaje directo y rotundo que, al aplicarse a las imágenes más fantasiosas, produce una sensación de alta intensidad poética, casi de humor lírico: Soy el cuarto elemento de la resurrección, / si me echan un poco de agua canto al mediodía”.

Siempre y la estatua marca un tránsito hacia la preocupación metafísica y a una teología que predominará en la obra posterior de Anguita.

El poliedro y el mar (1962) es una meditación entre lo real concreto y la forma o idea pura de lo real, donde se encuentran la filosofía platónica y un espíritu cristiano formado en San Agustín; en Venus en el pudridero (1967) hay un poema con cierto don casi físico de hacernos perceptible el paso del tiempo, el doloroso tránsito:

¿Escucháis madurar los duraznos a la hora del estío,
a la venida del sol, mientras un príncipe danza
en vísperas de la coronación?
Yo pienso en el gusano.

¿Oís pudrirse los duraznos en el granero,
al atardecer, mientras las fechas del reino
caen de los tronos
y el viento la amontona, las dispersa y olvida?
Yo pienso en el gusano.

Otros libros de Anguita: Inseguridad del hombre, cuentos; Palabras al oído de México, Poesía entera, que contiene su obra poética; Rimbaud pecador, ensayo.

Eduardo Anguita nació en Yerbas Buenas, el 14 de noviembre de 1914. Estudió en Santiago en el Colegio San Agustín y, luego, cursó Derecho en la Universidad Católica, hasta tercer año. Colaboró en numerosas publicaciones, como Estudios, Atenea, La Nación, Ercilla, El Mercurio, etc.; fue redactor de publicidad en la Editorial Zig-Zag, redactor creativo en agencias de publicidad, asesor literario en Editorial Universitaria, y agregado cultural de la Embajada de Chile en México durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, en la década de 1950. Obtuvo en 1981 el premio María Luisa Bombal, otorgado por la municipalidad de Viña del Mar por primera vez ese año.

Falleció el 12 de agosto de 1992, y con motivo de su muerte Enrique Lafourcade expresó: “[…] fui amigo de Eduardo Anguita hasta donde él permitía esta amistad: era un hombre estepario que en sus últimos años cultivó un magnífico aislamiento. Su pérdida es un empobrecimiento vital y espiritual. Deja algunos de los más bellos versos de poesía religiosa jamás escritos”.

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