Abdicación de O’Higgins

La provincia de Concepción fue muy afectada por la guerra de la Independencia, por lo que era una de las más pobres del país en la década de 1810. La mayoría de sus pueblos habían sido saqueados, las siembras destruidas, los animales confiscados por uno u otro ejército (realistas o patriotas) o por montoneras. El gobernador, Ramón Freire, tomo varias medidas tendientes a revertir esta situación, siendo algunas desautorizadas desde Santiago, especialmente por el ministro de Hacienda (José Antonio Rodríguez Aldea) quien, a pesar de haber sido fiscal de la Real Audiencia de Santiago en los años de la Reconquista Española, se convirtió en uno de los personeros más importantes del gobierno de Bernardo O’Higgins.

Freire adoptó entonces una postura crítica hacia las autoridades centrales, la cual crecía debido a la poca ayuda que se enviaba desde la capital. Ya existía malestar entre las tropas y los civiles. Como no se llegó a ninguna solución concreta, el 22 de noviembre de 1822 estalló un movimiento revolucionario en Concepción, estableciéndose una asamblea provincial que ratificó a Freire en su cargo, con lo que se desconocía la autoridad que sobre él tenía O’Higgins como Director Supremo. La medida fue imitada por la ciudad de Coquimbo.

Mientras tanto, las posiciones contrarias a O’Higgins encontraban eco entre los más importantes vecinos de Santiago. Si bien reconocían los méritos del Libertador, la aristocracia pensaba que había llegado el momento de un cambio en el gobierno. Personajes de tanta importancia como José Miguel Infante, Fernando Errázuriz y el intendente José María Guzmán, iniciaron conversaciones con los jefes de las distintas unidades militares de la capital para asegurarse de que éstas no tomarían parte activa en algún movimiento que fuera en contra del pueblo. Logrado ese compromiso, un cabildo abierto se reunió el 23 de enero de 1823…

El primer acuerdo adoptado fue invitar a O’Higgins a sumarse a la reunión. El Director Supremo rechazó absolutamente su concurrencia y ordenó a su guardia que impidiese cualquier desorden, pero como el comandante de ese cuerpo formaba parte del acuerdo a que habían llegado los dirigentes del movimiento, fue degradado y expulsado del cuartel por el propio O’Higgins, quien con esa actitud logró el apoyo de las tropas y acto seguido partió al Consulado, donde se efectuaba la reunión. Al ingresar en la sala consultó irónicamente cuál era el objetivo de la asamblea y obtuvo la respuesta de parte de Mariano Egaña, quien le informó que, si bien se reconocían sus méritos y virtudes, el peligro de guerra civil que se cernía sobre el país exigía un cambio en el gobierno. Se dice que algunos de los concurrentes empezaron a murmurar: “la cesarina, la cesarina”, en directa alusión al asesinato de Julio César en el Senado romano. O’Higgins logró controlar la situación diciendo que no le temía a la muerte, que no le había temido en los campos de batalla y no la temía en ese momento. Agregó que si se quería discutir seriamente sobre la situación del país se designase una comisión.

Una vez que los miembros de dicha comisión fueron designados, O’Higgins propuso dejar pasar un tiempo para esperar los resultados de las gestiones que se realizaban ante Freire en Concepción, pero los argumentos de los comisionados pudieron más que la voluntad de O’Higgins, quien al final fue convencido para que abdicara, lo que efectivamente hizo, pero poniendo como condición que se nombrase a una autoridad a quien entregar su renuncia, y que ésta fuese capaz de mantener el orden. La opinión de los delegados era que tal negociación fracasaría y que Freire terminaría por imponerse como dictador. Se llegó, entonces, al acuerdo mayoritario de formar una Junta de Gobierno integrada por José Miguel Infante, Agustín de Eyzaguirre y Fernando Errázuriz. El mismo O’Higgins tomó juramento a los nuevos gobernantes y luego hizo entrega del mando. Tras pronunciar un discurso de despedida, entregó los símbolos del poder y se retiró en medio de voces que lo vitoreaban y agradecían su actitud. Ahí expresó la lacónica frase: “Mi presencia ha dejado de ser necesaria aquí”, y se retiró.

Pocos días después, la Junta entregó el mando a una asamblea provincial, que más tarde, junto con los representantes de Coquimbo y Concepción, lo traspasó a Ramón Freire. O’Higgins por su parte, fue sometido a un juicio de residencia del que no resultaron cargos en su contra. El 17 de julio de 1823 zarpó rumbo al Perú en compañía de su madre, Isabel Riquelme, su hermana Rosa y su hijo Demetrio, fruto de la relación amorosa que tuvo con Rosario Puga. Nunca volvió a pisar suelo chileno y falleció en Lima, en 1842.

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